Tras más de medio siglo sufriendo un progresivo abandono del medio rural estamos viviendo un momento histórico clave para su sostenimiento o para su entierro definitivo. El mantenimiento de un medio rural vivo depende básicamente de dos factores: de que existan personas que quieran quedarse a vivir en él y de que existan alternativas laborales productivas posibles para desarrollar en el campo.
A pesar de un permanente desprestigio de la vida rural hemos pasado ya el momento en que la gente abandonaba masivamente los pueblos, impelidos por la imposibilidad de trabajar dignamente; hemos pasado ya la situación que hacía prácticamente imposible conseguir un terreno suficientemente grande como para tener garantías de supervivencia, y donde la industrialización del país absorbía sin límites el flujo de emigrantes rurales.
A pesar también de la falta de estímulo y posibilidades para que los jóvenes se queden a trabajar en sus respectivos pueblos, se detecta un sentimiento de pertenencia a la aldea renovado que nos permite tener una cierta esperanza de que nuestros pueblos sigan vivos; no aletargados como residencia veraniega, sino productivos, con gente que trabaje la tierra, actividades renovadas en torno a ello y ganado pastando por los prados.
Mayormente, las personas dispuestas a vivir en el medio rural y del medio rural son de origen local, son adultos que han sido niños que han crecido en la aldea, que han pasado casi toda su infancia corriendo con libertad por las caleyas, jugando en plena naturaleza y yendo a la escuela de la parroquia, muchas veces caminando, con ese puñado de rapaces que aún vivían por ahí. La intensidad del deseo de permanecer en el entorno donde has crecido es proporcional a la cantidad de vivencias adquiridas allí.
Nuestra última esperanza de salvar al medio rural es, pues, mantener el vínculo que tienen nuestros últimos niños de nuestros últimos pueblos. A partir de ahí habrá que trabajar en dignificar la vida en la aldea, de ofrecer ciertas garantías de estabilidad en los trabajos rurales, de diversificar la oferta laboral a partir del sector productivo, etc., para que los jóvenes con vocación y deseos de mantener una vida rural puedan quedarse a vivir en su pueblo. Pero sin niños que amen su pueblo no puede empezar este cuento de hadas. Y sin escuelas rurales, no puede haber niños que mamen y amen su aldea.
Matar las escuelas rurales es matar a los niños de pueblo, es matar a los pueblos.
El hecho de estar escolarizado en tu entorno es una de las claves para no desarraigarse. Una escolarización centralizada en las villas próximas –a veces ni siquiera están muy próximas- tiene unas consecuencias importantes a favor de una pérdida de identidad que, además de desastrosa para el medio rural, no es nada favorable desde el punto de vista psicológico individual para el niño. Se madruga, se los desplaza adormilados a la villa, prematuramente a un ambiente más difuso y con referentes muchas veces desafines a lo que hay en su propio hogar. Habitualmente, los chavales comen fuera de casa y cuando por fin llegan a su pueblo, convertido ya más en una urbanización –un lugar donde se pernocta, pero no se vive- que en un pueblo, tienen poco más que hacer que no sea la tarea que les han encomendado los profesores. La plaza del pueblo se ha visto sustituida por el patio del colegio; las escapadas al castañéu o al río se han convertido en los primeros novillos semiurbanos. El pueblo se convierte en un sitio a donde te llevan a dormir, en cuyo entorno no están quizá tus mejores amigos, ni nada. Incluso cuando los niños siguen apreciando la libertad y otras ventajas de su trozo de vida que aún se le permite pasar en su sitio, los lazos establecidos fuera suelen tirar definitivamente también fuera a los jóvenes.
Personalmente, me niego a que cierren la escuela rural donde están escolarizados mis tres primeros hijos y, si esto se lleva a cabo, quizá los escolarice en mi propia casa, que esa aún la suya. Pero esto sólo ayudará a mis hijos a tener la cabeza emotivamente mejor amueblada, no salvará al medio rural asturiano. Eso sólo lo podemos conseguir todos los asturianos juntos, negándonos activamente a que destruya el tejido que aún conexiona mínimamente a un exiguo medio rural.
Juan Antonio Valladares Álvarez
Coordinador del Foro Asturiano para el Conocimiento y Desarrollo del Medio Rural y Presidente de la Asociación de Ganaderos Trashumantes de Asturias.
lunes, 22 de noviembre de 2010
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